BOCACCIO
YO leía a Bocaccio a
la luz de una linterna en mi camarilla cuando era seminarista. Sus aventuras
galantes me hacían reír Y soñar. También me la meneaba. A los dieciséis años
mis hormonas estaban revolucionadas. No daba paz a la mano. Era un libro
prohibido en el seminario. Venida la inspección de visita en seminario, le daba
la vuelta al lomo de la novela y ponía otra etiqueta “Las fundaciones de Santa
Teresa de Jesús”.
El libro nos remonta a
los tiempos medievales cuando la Peste Negra se llevó por delante a media
Europa. Un grupo de damas y caballeros florentinos con ganas de vivir y olvidar
la guadaña de la gran pandemia de 1348 salían a las afueras de la ciudad a tener
un día de campo, cantaban, bailaban, retozaban y cada uno contaba una historia.
Lúbricos cuentos picarescos, burlas, engaños,
maridos cornudos, malcasadas salidas, novicias que caen en las garras de
capellanes libidinosos. En fin, el tema eterno de la jodienda que nunca tuvo
enmienda. La historia que más hilaridad ha causado en todas las naciones creo
que fue la del Hortelanillo de las Clarisas que se hizo pasar por mudo y un día
una de las monjitas mientras estaba podando un manzano subido a una escalera
dos monjitas observaron sus garantías─ estaba mejor dotado que un carabinero─.
─Vieni, vieni anchio. Ven pa acá─ le dijo una monja a su compañera.
─No le llames. Tenemos
voto de castidad
─A nadie le importa.
Lo metemos en la cabaña y probaremos lo más delicioso que hizo Dios, el mayor
goce para una mujer el ser poseída de varón
─Uf. Hermana. ¿Y si se
entera la madre superiora?
─ Nadie lo sabrá. El
hortelano es mudo
El gran Pier Paolo Passolini
narra la escena de este cuento bufo tan tierno como picaresco y enfoca la cámara
y muestra que todas las monjas estaban observando el trajín desde la ventana de
las celdas. Desde esta contemplación a todas las monjas se las iba pasando por
la piedra pero cuando la madre abadesa reclamó sus servicios, el hortelano
cansado habló:
─No puedo más. Estoy exhausto─ gritó el hortelanillo. Y a mí su
descorazonamiento me recuerda una canción castellana de aquel bercero al que no
le pagaban renta sus monjas y les envió el recado por el órgano música cantada
y si el nabo se me nace y la pija se me pone tiesa el primer nabo que plante
será el suyo, madre abadesa
Qué se le va a hacer. Era
la edad media y sus reverencias la tenían bien puesta. Verdaderos garañones con
sotana. Nada de mariconería. Virilidad a punta pala.
─ Milagro.
Se produce una revolución
en aquel convento de clarisas. Redoblan las campanas y corre la voz por toda la
Campania de que por intercesión celestial un mudo ha recobrado el habla. Son
organizadas peregrinaciones para ver al santo.
Su bellaquería se
trasformó en santidad y en otros episodios el gran escritor del Renacimiento italiano,
tan imitado en España, pasa la cinta por las costumbres depravadas de los eclesiásticos
sin que esto fuera óbice a la gran fe. Creo que Bocaccio critica el celibato y el
abuso del pecado cometido por los clérigos incontinentes. El más ruin jabalí se
zampa la mejor bellota y para gozar de sus feligresas sin que se enterasen sus
maridos utilizan las más sutiles ardides.
Pier Paolo Passolini y
Giovanni Bocaccio santos de mi devoción orate pro nobis.
Ya confirmé que mi fe
no es un problema de bragueta
Domingo, 15 de febrero
de 2026